Decía Andres Oppenheimer en su libro “Cuentos Chinos” que sólo en Latinoamérica se observaban universidades pobres subvencionando estudiantes ricos. Para el caso de nuestra Universidad de Costa Rica, tal aseveración cae como anillo al dedo.
Antes de empezar esta historia hay que hacer la gran distinción entre lo que es un bien público un bien escaso: el primero, dice Elinor Ostrom, es aquel bien que “está disponible a todos y del cual el uso por una persona no substrae del uso por otros”. El segundo, aunque no es su antónimo, sí es excluyente al primero; su limitada oferta hace que el uso por una persona sí substraiga el uso de otras personas. Estos bienes escasos deben administrarse en un mercado, con la fijación de un precio de equilibrio determinado en gran medida por la escases del bien que iguale la demanda a la oferta.
Dicho esto, mi realidad es simple: estoy cansado de que la Universidad de Costa Rica le dé un tratamiento de bien público a uno que más bien es escaso: el marchamo universitario. Su escases es más que evidente cuando se buscan algunas cifras: para el 2008 (al igual que para el 2009) se repartieron 1700 marchamos entre los estudiantes universitarios cuando son alrededor de 8000 los estudiantes que van a la universidad en automóvil propio. Es decir que según estos cálculos, 6300 estudiantes no lograron obtener marchamo, complicándoles de esta forma la entrada al campus universitario manejando su vehículo. Parece, después de todo, que este marchamo universitario es entonces más escaso que público. Da la impresión de que es casi un lujo de pocos (un 21% del total) el poder entrar con absoluta comodidad dentro del terreno de la UCR. Para rematar todo esto, se les cobró la módica suma anual de 20 mil colones por el marchamo cuando en realidad muchos estudiantes estarían dispuestos a pagar mucho más por este servicio.
Cansado de tal situación, decidí realizar un análisis más detallado de lo que sería un posible precio de equilibrio para tan desbalanceado mercado: encuesté 268 estudiantes que utilizaban el automóvil propio para ir a la universidad (y por “propio” entiéndase que el estudiante manejaba el auto, sin importar si el carro era de él o si alguien más se lo prestaba).
Algo muy interesante que noté de inmediato fue una clara inclinación a que los entrevistados provinieran de colegios privados. De los estudiantes con quienes hablé, 195 (un 73%) provenían de colegio privado mientras que sólo 48 dijeron de provenir de colegio público (mientras que otras 25 venían de colegio ya sea subvencionado, técnico u otro). Es decir que los demandantes de marchamos universitarios son estudiantes de altos ingresos en su mayoría, dándole fuerza a la aseveración de Oppenheimer que cito al inicio. Además se pueden notar diferencias importantes entre los subgrupos de egresados según colegio privado y público. Por ejemplo el año del carro: un 60% de los egresados de colegios privados utilizan automóviles modelo 2000 o más nuevos, mientras que se puede decir lo mismo sólo de un 31% (¡apenas la mitad!) de los estudiantes que provienen de colegios públicos.
Además, en el caso de los estudiantes egresados de colegios privados, un 37% no trabaja del todo mientras que un 50% trabaja medio tiempo o menos y un 13% trabaja tiempo completo. En oposición a esto, sólo un 12% de los estudiantes provenientes de colegios públicos no trabajaban del todo, con un 79% trabajando medio tiempo o menos (que dista enormemente del 50% respectivo de los egresados de colegio público) y un 9% trabajando tiempo completo. Esto muestra como muchos de los estudiantes que provienen de colegio público tienen algún nivel de ingresos, por bajo que sea, debido probablemente a la necesidad de costear parte de los gastos del carro (y también señalaría que tienen un ingreso familiar probablemente menor). De hecho, un 58% de los egresados de colegios públicos aportan económicamente al gasto de los automóviles mientras que esta cifra corresponde a tan sólo a un 43% de los estudiantes.
Tomando los resultados que todos estos estudiantes dieron, se hizo una estimación empírica de la demanda por marchamos universitarios y dada la oferta de los mismos durante los pasados dos años (1700 marchamos en ambos casos) se determinó un precio que aproximaría al equilibrio: 50 mil colones por semestre universitario. Estamos hablando que el precio de equilibrio es un 500% del precio actual, lo cual implicaría un ingreso anual de 170 millones de colones. Haciendo el supuesto simplificador que actualmente todos los estudiantes pagaran 20 mil colones anuales por su marchamo (pues muchos estudiantes pagan sólo 15 mil ya que cuentan con la tarjeta del año pasado).
Incluso dejando por fuera la pregunta de cómo utilizar este dinero, pues formas hay muchas y no es de mi interés pretender saber u opinar cómo debe de gastar mi universidad sus recursos, no cabe duda de que sería una forma excelente de financiamiento. No hay que dejar de olvidar que los estudiantes que asisten a la universidad en carro tienen mayores niveles de ingreso que el promedio de estudiantes de la UCR y que un cobro como el antes mencionado tendría repercusiones redistributivas importantes; toda una demostración de solidaridad de los estudiantes socialmente mejor posicionados hacia los que tengan menos: el espíritu mismo de la Universidad de Costa Rica como aparato de ascensión social puesto en práctica. Hay que dejar el tabú de que todo servicio que la universidad provea ha de ser a precios subvencionados. Si la universidad es de y para los estudiantes, los estudiantes serán los finalmente beneficiados con un aumento en las tarifas de marchamos.
Dejémonos de tabúes. No es una herejía que la Universidad de Costa Rica aumente el costo de sus marchamos universitarios. Es hora de darle algo de capacidad para que pueda financiarse a sí misma por medios alternativos, reduciendo aunque sea en un par de gotas su dependencia del estado. Dejemos por una vez que el cuento chino de Andrés Oppenheimer sea al revés: estudiantes ricos solidarios ayudando a su universidad pobre.

